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24 de marzo de 2014

Adolfo Suárez


Un hombre al que no supieron entender
POR ALBERTO AMATO

Nació en 1932. Fue dirigente franquista, pero luego se ganó el respeto de toda España

En política, la comprensión es como la justicia: cuando llega tarde, sirve de nada. Adolfo Suárez fue una figura decisiva en el tormentoso y ya histórico proceso de transición por el que España pasó de una dictadura a una democracia plena, del medioevo a la modernidad, del espíritu inquisitorial a la apertura social y política. Es cierto que la personalidad de Suárez, sus orígenes y crecimiento políticos al amparo de la feroz dictadura de Francisco Franco, de la que fue funcionario y niño mimado, no favorecieron ni la comprensión, ni el afecto, ni la devoción de los españoles. Pero los resultados de aquellos cuatro años irrepetibles al timón de un país sacudido por el oleaje de un pasado atroz y de un futuro incierto, debieron acercarle con el tiempo algo parecido al calor del reconocimiento público. Hubo algo de eso. Pero tardío, cuando ya Suárez se inclinaba sin remedio hacia los abismos del Alzheimer.

Una foto histórica será enarbolada estos días por quienes recuerden a Suárez: la del 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, irrumpió en las Cortes españolas como cabeza de un golpe de Estado que, en el mejor de los casos, iba a terminar con aquel embrión democrático y, en el peor, iba a borrar del mapa a la monarquía. Pistola en mano, Tejero, que iba muy en serio y no era para nada el fantoche que sugería su arrogancia criminal, gritó “¡Quieto too mundo! ¡Too mundo ar suelo!” Y todo el mundo, más de trescientos cincuenta legisladores, ujieres, taquígrafos, periodistas y funcionarios, se tiró al suelo. Menos tres personas: Suárez, su vicepresidente, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado que encaró a los golpistas, y el entonces diputado Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista Español, que debe haber imaginado un futuro de paredón si el golpe triunfaba.

La cámara que dejaron encendida los hombres de Televisión Española, registró a Suárez sentado en su sitial de presidente del Gobierno, con una expresión en la que reina el asco antes que la sorpresa o el miedo. Por extraña paradoja, esa imagen en la que Suárez se juega la vida por la democracia mientras lo rozan las balas, fue el inicio de su muerte política: una miniatura de la parábola que signó la vida de un hombre que dio, desde el fango de trincheras del político profesional, el inusual salto hacia la condición de estadista.

Nació el 25 de septiembre de 1932 en Cebreros, Avila, cuatro años antes de que estallara la Guerra Civil y seis años antes que el Rey Juan Carlos de Borbón. Suárez no fue ni un buen estudiante ni un buen egresado de derecho, una carrera que terminó a tropezones. Antepuso otras prioridades al estudio: las muchachas, el baile, el fútbol, el tenis, el cine y los naipes. Fue miembro de la Falange Española, el partido de la derecha ultranacionalista, de ideología fascista, que en aquellos años ofrecía la manera más cómoda y segura de hacer política en España. Católico, falangista, audaz, deportista, simpático, y sobre todo obediente, trabajó en el Gobierno Civil de Avila hasta que, decidido a hacer política, a los 24 años dejó todo y se fue a Madrid para integrarse de lleno al franquismo. A los 29 años se casó con Amparo Illana con quien tuvo cinco hijos.

Franco murió el 20 de noviembre de 1975. El 22, Juan Carlos fue Rey. A punto de cumplir 38 años, el flamante monarca heredaba de Franco todo su poder, un andamiaje legal y una estructura política enraizados en la sociedad, y heredaba unos herederos del franquismo decididos a perdurar a cualquier costo para que la monarquía quedara atada al bando ganador de la Guerra Civil. No eran esos los planes del Rey que el 3 de julio de 1976 convirtió en presidente del Gobierno a Suárez. El elegido fue visto poco menos que como un dandy, un playboy metido a la política, un aventurero poco capacitado incluso para cambiar algo y que nada cambiara.

Pero Suárez se transformó. En poco más de un año de gobierno, en un país sacudido por el terrorismo vasco, por los grupos de la ultraderecha y acechado por las fuerzas armadas, Suárez impulsó los acuerdos de la Moncloa que diseñaron una estrategia común entre las distintas fuerzas políticas “para enfrentar los problemas esenciales de España” y que se firmaron en octubre de 1977. También promovió una ley de reforma política que implicaba desmontar el andamiaje franquista.

Convencido de que era un paso esencial para la instauración de la democracia, Suárez legalizó al Partido Comunista luego de entrevistas secretas y de un acuerdo de acero con su líder histórico, Santiago Carrillo. También amparó ese año el embrión de discusión de la ley de divorcio, a la que se oponía una Iglesia con aires medievales y que rompió con Suárez. La ley fue aprobada en 1980.

Por fin, Suárez, que se sabía presidente legal porque había sido nombrado por el Rey, pero no se sentía legítimo porque no tenía el voto popular, convocó a las primeras elecciones libres españolas en más de cuarenta años. Y las ganó en junio de 1977, al frente de su partido, Unión de Centro Democrático (UCD), con más de seis millones de votos. El falangista de Avila se había convertido en un social demócrata. La derecha que lo votaba sintió que Suárez la traicionaba: parecía gobernar para una izquierda que no lo tenía en cuenta. Sus viejos amigos de la Falange llegaron a cantarle en la cara y en referencia al himno del movimiento: “Suárez, traidor, cantaste Cara al Sol”. No le reprochaban que lo hubiera cantado, sino que ya no lo cantara más.

Un año después de ser elegido por los votos, buscó mayor legitimidad: como gobernaba con el aparato legal del franquismo, impulsó la reforma constitucional aprobada el 31 de octubre de 1978. El 6 de diciembre los españoles la ratificaron en un referéndum y el Rey la sancionó el 27 de ese mes. En marzo de 1979 Suárez, al frente de UCD, volvió a triunfar en las primeras elecciones celebradas bajo la flamante Constitución. Pero ya su poder empezaba a declinar.

En 1980, los coletazos económicos de la crisis petrolera de los 70 y una desocupación del veinte por ciento lo llevaron al descrédito en un mundo en el que se imponía la revolución conservadora liderada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan. También perdió los favores del Rey porque se opuso, entre otras cosas, a la entrada de España en la OTAN y a ciertas sugerencias reales sobre nombramientos en el gobierno y en las fuerzas armadas. En enero de 1981, Suárez renunció cercado por los rumores de un golpe de Estado y acaso para impedirlo.

Por esos días llevaba encima una pequeña pistola y juraba que lo sacarían del gobierno con los pies para adelante o luego de perder unas elecciones.

La sesión del congreso español que el 23 de febrero de 1981 iba a nombrar como su sucesor a Leopoldo Calvo Sotelo, fue interrumpida por el intento de Tejero y de un sector de las fuerzas armadas de dar marcha atrás con todos los progresos democráticos. Todo el proceso era seguido de cerca por los ojos atentos de la CIA y por el entonces embajador de Estados Unidos en Madrid, un diplomático de la derecha conservadora norteamericana a quien los argentinos conocerían bien años después: Terence Todman. Esa es historia conocida, como la foto de Suárez sentado mientras silban las balas: una decisión que alguna vez explicó con dos frases: “Yo todavía era el presidente del Gobierno. Y el presidente del Gobierno no se tira”.

Después llegó el ostracismo. Suárez pasó a ser poco menos que un muerto civil. Intentó volver a la política y su partido terminó por enviarlo al destierro. Adolfo Suárez es ya un pedazo de la historia de España. El hombre que debió ser recordado, murió sin poder recordar quién fue.

Gracias Carlitos Carbajal por compartir esta nota!
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