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17 de julio de 2014

Responsabilidad sí, magia no

Por Sergio Sinay
Los premios Nobel que en su momento obtuvieron Bernardo Houssay o Luis Federico Leloir no nos convirtieron a los argentinos en grandes científicos. El talento y la sabiduría de Borges no nos transformaron en grandes escritores. La inspirada batuta de Daniel Barenboim no nos transfigura en talentosos directores de orquesta. El Oscar de Campanella no hace de nosotros sensibles directores de cine. Las victorias de Guillermo Vilas no nos transmutaron en eximios tenistas. La creatividad de César Pelli no nos mudó en brillantes arquitectos, así como en su momento los dones de San Martín no nos marcaron para siempre como geniales estrategas o sacrificados patriotas por naturaleza
Aunque no lo parezca, esta advertencia tiene que ver con el Mundial de fútbol que acaba de finalizar. Como suele ocurrir por estas tierras, la selección partió hacia el torneo con una idea y regresó con otra, que no estaba en sus previsiones ni en las de nadie. Se suponía que tres grandes delanteros más un talentosísimo solista iban a resolverlo todo y a llevar al resto de sus acompañantes (eso serían los demás jugadores) hacia la victoria final. Como también suele ocurrir por aquí (y en general así nos va), se dejaba todo librado a la presencia de una figura providencial que lo resolvería, librando a los demás de cualquier esfuerzo, constancia, paciencia y responsabilidad. Con esa figura providencial más la natural convicción de que Dios es argentino (sobre todo hoy, con Francisco en Roma) sólo había que preparar el festejo.
Y finalmente hubo razones para festejar, pero por motivos diferentes. La selección no fue campeona, sino subcampeona y, milagrosamente, esta vez ser segundos no resultó motivo de humillación como es habitual en una sociedad que tiende a enamorarse de los ganadores sin reparar a veces en sus métodos. Pero hubo más: la figura providencial demostró, a la hora de la verdad, una dimensión terrenal mediocre y el mérito para llegar a la instancia decisiva y superarla con dignidad estuvo en el trabajo del equipo. Se pasó del todos para uno habitual a un excepcional y gratificante todos para todos. 
Y si alguien sobresalió no fue el más hábil, el más talentoso, el más mediático, el más marketinero, el más nombrado en el mundo y ni siquiera el más “fachero” (no olvidemos que suele ser común ver al ganador como alto, rubio y de ojos celestes, independientemente de su estatura y su talante). Fue Javier Mascherano, que inició su carrera a los 12 años en San Lorenzo, provincia de Santa Fe, con una idea clara: quería ser futbolista. Para eso apenas salía del colegio viajaba dos horas de ida y dos de vuelta rumbo al entrenamiento en un club de la zona. Su madre le preparaba los sándwiches que comía en el viaje. Su padre llegó a ser su entrenador en el club Barrio Vila. Y también fue quien le inculcó una idea: “Siempre que dejes todo en la cancha, que entregues lo mejor de vos, que no aflojes en el esfuerzo, no importa el resultado, habrás jugado bien”. 
Así, Mascherano aprendió que jugar bien es una cuestión de valores antes que de habilidad. Y hoy, a los 30 años, padre de dos hijas y habiendo cumplido el sueño por el cual dejó a su pueblo, a sus amigos y pasó momentos de estrecheces económicas y afectivas, no deja de repetir su mantra, esa consigna que guía su carrera y que jamás negoció ni negocia: “Humildad, sacrificio, trabajo”.

Con esas tres palabras contagió a sus compañeros, los lideró emocional, espiritual y éticamente, fue el verdadero capitán del equipo aun sin llevar la cinta oficial y hasta se convirtió, como lo hace en todos sus equipos, en el director técnico dentro de la cancha. Hoy su rostro es el de la dignidad en la derrota. Hoy es a él (cuando se quiere individualizar la tarea del equipo) a quien se le dice “Gracias”. A quien se pone como ejemplo y a quien se propone como el representante de un modelo posible de trabajar y de vivir. Pero Mascherano (que terminó el colegio por respeto a sus padres y al esfuerzo que ellos hicieron por él) no quiere ese papel y lo dice. Lo abruma y lo incomoda. El sólo hizo lo que tenía que hacer, dice. Y lo extiende a sus compañeros.

Tiene razón Mascherano en huir de esta súbita idolatría. No es para eso que eligió el fútbol, sino para cumplir un propósito y encontrar sentido en su vida. La palabra “valores” es habitual en su vocabulario, pero no hoy, sino desde que se empezó a oír su voz en entrevistas. Y no sólo los nombra: los vive.
¿Seremos desde ahora una sociedad de Mascheranos, devotos de la humildad, el sacrificio y el trabajo? Si creemos eso habremos caído una vez más en el facilismo y nuevamente apostaríamos a la magia, a la creencia de que una persona puede modificar el destino colectivo llevándonos a la felicidad por un atajo. 
Quienes ya estaban habituados a la humildad, el trabajo y el sacrificio, además de otros valores, lo seguirán estando y no necesitaban del Mundial para ello. Quienes no, deberán preguntarse si están dispuestos a ir por un camino que no asegura ser primeros, pero sí, quizás, dignos segundos. Y, sobre todo, conciencias claras y tranquilas. Pero depende de cada uno. La responsabilidad es siempre individual y no hay bandera, ídolo ni camiseta que absuelva de ella.

Lo de Houssay, Leloir, Borges, Barenboim, Campanella, Vilas, Pelli, San Martín o Mascherano es de ellos. Y quien quiera parecerse ya sabe la fórmula: humildad, sacrificio, trabajo. No hay magia, ni transmisión automática.






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